La Biblia no condena a todos los ricos. José de
Arimatea debió ser un hombre rico ya que era el dueño de la tumba donde se
sepultó a Jesús. Bernabé, un líder acaudalado de la primitiva iglesia, usó su
dinero para la obra de Dios. Abraham, el hombre de fe y amigo de Dios, también
era muy rico. El peligro no está en poseer dinero sino en que el dinero te
posea a ti.
El dinero puede engañar porque da un falso sentido
de seguridad. Pablo previno a Timoteo: «En cambio, los que quieren hacerse
ricos no resisten la prueba, y caen en la trampa de muchos deseos insensatos y
perjudiciales, que hunden a los hombres en la ruina y la condenación. Porque el
amor al dinero es raíz de toda clase de males; y hay quienes, por codicia, se
han desviado de la fe y han llenado de sufrimiento sus propias vidas» (1Ti
6.9-10).
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